La huelga de jugadores negros en la NBA es un momento histórico

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Los jugadores de básquetbol —y todas las figuras deportivas— no son juguetes de entretenimiento, Estados Unidos. No existen en un mundo imaginario que se pueda encender y apagar. No hay un lugar en el que los puedan guardar cuando sea inconveniente. Son personas: en parte atletas, y completamente humanos. Ser negro y humano es saber que la sociedad puede separar lo primero y descartar lo segundo.

El miércoles 26 de agosto, los deportes profesionales en Estados Unidos —liderados por la NBA e incluyendo la WNBA, la Major League Soccer y la Major League Baseball— experimentaron una protesta histórica. No fue porque los jugadores ricos son la gente enojada y desagradecida que algunos estadounidenses intransigentes dicen que son. Empezando por los Milwaukee Bucks, seis equipos de la NBA escogieron no jugar porque demasiados conciudadanos preferirían que se callaran y vieran cómo le disparan a un hombre en la espalda sin sentir una sensación de desesperanza.

Las personas negras —en este caso, jugadores de la NBA— han tratado de contenerse. Han pedido justicia. Han apelado a la lógica, la moralidad y la decencia de los demás. Siguiendo el ejemplo del exmariscal de campo de la NFL Colin Kaepernick, se han arrodillado —como petición y desafío— y se han hecho vulnerables ante una nación escrutadora y ante su bandera. No lo hacen para buscar problemas, sino para obtener la atención de un grupo de la población blanca de Estados Unidos que, de otra manera, no les haría caso.

Aún así, cuando despiertan ven el video de policías en Kenosha, Wisconsin, que disparan a Jacob Blake siete veces en la espalda mientras sus hijos están presentes.

Blake está paralizado y sigue luchando por su vida. De alguna manera retorcida, eso lo hace más afortunado que George Floyd, Breonna Taylor y todas las demás personas negras que la Policía de todo el país ha matado tan fríamente.

Los jugadores de la NBA hicieron un movimiento audaz el miércoles, y veremos lo que significa para el resto de la postemporada y para la continuación de todos los deportes. Es un momento delicado, y debería serlo. Parece que se puede usar la ciencia, las burbujas y las medidas de salud costosas para prevenir el coronavirus, al menos por un tiempo. Pero no se puede hacer que la gente negra se sienta segura. Es imposible hacerlo sin reinventar varios sistemas y enfoques de la Policía estadounidense.

Pensemos en lo desmoralizante que debe ser. Imaginemos la angustia. Desde esa perspectiva, deberíamos entender que lo que está pasando en la NBA no viene desde la audacia. Los jugadores no ven otra manera de hacer que la gente sienta su dolor y su urgencia.

“Estamos cansados de los asesinatos y la injusticia”, dijo el guardia de Milwaukee George Hill a Marc Spears al sitio de ESPN The Undefeated.

Dejaron de jugar porque es lo más poderoso que pueden hacer para expresar la gravedad del problema. No debería ser su carga. No tienen poder para cambiar las leyes. No mucha gente negra lo tiene. No hay suficientes legisladores compasivos de ninguna raza, aparentemente. Pero sí tienen la capacidad de llamar la atención de millones. Incluso si esto significa dañar el juego que aman, y posiblemente desencadenar una catástrofe respecto al apoyo financiero y del público, están dispuestos a asumir los riesgos.

¿Por qué? Porque el ingenio humano puede protegerlos de un virus que ha matado a casi 180,000 estadounidenses, pero no hay suficiente decencia humana para crear una burbuja efectiva contra el racismo.

Antes de reiniciar la temporada, a finales de julio, los jugadores se preocupaban de que su regreso fuera una distracción del movimiento Black Lives Matter y de todos los esfuerzos por combatir la desigualdad racial. Pensaron que estaba mal que dejaran atrás a los manifestantes en las calles y viajaran a un campus de Disney para concentrarse en el básquetbol y ayudar a los espectadores a escapar del dolor y la depresión de 2020. Decidieron competir, pero con una advertencia: la justicia social debe estar en el centro de la discusión.

Pero se han encontrado con una realidad desgarradora: pueden poner mensajes en sus camisetas, escribir Black Lives Matter en las canchas y articular los comentarios más incisivos sobre la raza, los deportes y la igualdad. Sin embargo, a pesar de su determinación y popularidad, su impacto es limitado.

“Es increíble cómo seguimos amando a este país y este país no nos ama a nosotros”, dijo el entrenador de Los Angeles Clippers, Doc Rivers, tratando de contener las lágrimas. “Es realmente muy triste. O sea, yo debería ser solo un entrenador. A menudo me recuerdan mi color. Es realmente triste. Tenemos que hacer las cosas mejor. Pero tenemos que exigir que mejoren las cosas”.

Conozco a Rivers, el hijo de un oficial de Policía, desde hace casi 20 años. Es un ejemplo de profesionalismo, razón y autocontrol. Una vez un pirómano quemó su casa en San Antonio, en lo que se creyó fue un acto de odio racial. Tuvo que guiar a los Clippers a través de la intolerancia de Donald Sterling. Pero siempre ha vivido bajo la frase de su difunto padre, Grady Rivers: “Nunca serás una víctima. No te dejaré serlo”.

Recuerdo sólo dos veces en que la tristeza ha hecho llorar a Rivers, y ambas han sido este año: en reacción a la muerte de Kobe Bryant y mientras intentaba darle sentido a otro tiroteo policial.

“Es gracioso”, dijo. “Protestamos. Mandan guardias antidisturbios. Envían a la gente con trajes antimotines. Van a Michigan con armas. Escupen a los policías. No pasa nada”.

Continuó, con los ojos llenos de lágrimas: “Ese video, si ves ese video, no necesitas ser una persona negra para estar indignado. Necesitas ser estadounidense e indignarte. ¿Cómo se atreven los republicanos a hablar del miedo? Nosotros somos los que necesitamos tener miedo. Somos los que tenemos que hablar con cada niño negro. ¿Qué padre blanco tiene que hablarle a su hijo de que tenga cuidado si lo detienen? Es simplemente ridículo. Y esto continúa. No hay cargos. Breonna Taylor, no hay cargos, nada. Todo lo que pedimos es que cumplan con la Constitución. Eso es todo lo que pedimos para todos, para cada uno”.

Muchos se centrarán en el desafío de negarse a trabajar, como si los jugadores fueran niños que protestan por la hora en la que los mandan a dormir. Veo dolor, pobreza espiritual y una incapacidad para separar la profesión y el color de la piel.

Esta es un petición que implica más vulnerabilidad que arrodillarse. Y este es el último método que los jugadores, furiosos pero exhaustos por dentro, tienen en su arsenal de desobediencia civil.

Si estos gritos les parecen desagradables, no les va a gustar lo que vendrá cuando no se contengan.

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